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lunes, 31 de julio de 2017

- 7:31 a.m -

Y allí es donde acabé. Donde el fin sin fondo asoma la cabeza tras una loca hecatombe que escapa de todo control que un día tuve; que un día gané. Un control que ahora parece haber sido un simple sueño. Un algo que nunca ha sido realmente mío. Algo prestado por eso que pretendí llamar confianza.
Un control con imposible retroceso bajo la firme opinión de las lagrimas ya secas de mi mejilla. Mientras que mi palpitante motor se aferra a negar esa estúpida idea.
Él prefiere creer en el lado positivo de todo este caos. Inventarme una luz entre tanta oscuridad. Empeñado en recuperar ese adjetivo que fue mío.


Sin embargo toda esa positivista no pudo evitar que una vez más el cristal cayera sobre mí, haciendo sangrar de nuevo mis heridas ya cerradas a cal y canto. Esas en las que tuve que hipotecar mi sudor y racionalizar  mis lagrimas.
Porque en las épocas de bonanza nunca nos acordamos de esas otras de pobreza y hambruna.
El problema aparece cuando crees que ya lo sabías. Cuando la confianza consigue trasladarte a ese espejismo  de confort. Ese dulce placebo que hace perder el miedo y el respeto a las épocas de frío.

Nos creemos mas fuertes, más audaces. Pero si por algo es conocido el ser humano es por tropezar con la misma piedra tres veces.


Waisy.





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